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Después de ver “La ciudad de las estrellas” no me extraña que se haya ganado uno de los mejores lugares de la cartelera. Es una película de gran belleza, tanto en su forma como en su contenido. Una historia de amor, de sueños, de ambiciones, de trabajo…todo ello aderezado desde la más pura pasión.

La La Land es una película que se ve desde dos perspectivas: la primera es lo que vemos en la gran pantalla, esa historia de lucha de dos jóvenes que no quieren renunciar a sus sueños, Mia (Emma Stone) es una camarera que quiere ser actriz y no desiste, a pesar de ser rechazada constantemente en las audiciones y pruebas a las que asiste, nunca deja de creer en ella y en sus posibilidades. Sebastian (Ryan Gosling) es un magnífico pianista de jazz que quiere tener su propio club para tocar el jazz puro, el de cuna, el que no se puede escuchar en ninguno de los locales de moda del momento, ese es su sueño pero para logarlo le contratan como pianista en uno de los grupos de música juvenil del momento y acepta la oferta. Sebastian empieza a ir de gira en gira y Mia empieza a notar su ausencia, de pronto, cuando él está en uno de los puntos más altos de su carrera ella es contratada como actriz principal para rodar su primera película en París. Aquí empieza la segunda lectura de la película: la lectura entrelíneas, todo lo que su director, Damien Chazelle, nos cuenta sin contarnos. Un final para pensar, aceptar, renunciar o afirmar, como la vida misma, dos seres humanos librando sus propias batallas…

“La ciudad de las estrellas” es una película que ha enamorado al público por su inmensa interpretación, su historia a modo del Hollywood de antaño, su guiño al cine, al jazz, al amor, a la realización de los sueños y al destino.

 

*Artículo publicado en el número 2.455 del semanario Puerta de Madrid. Sábado 28 de enero de 2017. Alcalá de Henares.

 

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Mónica López Bordón

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